El comunismo que no viví

Escrito por el 09/11/2018

Esta colaboración, a 29 años de la caída del Muro de Berlín, aborda este momento histórico desde la información que obtuve en los medios de comunicación, específicamente el noticiero ECO, así como de las referencias que se hicieron en algunas pautas comerciales de la época. 

Durante mi niñez, fue en el noticiero ECO donde obtuve la mayor cantidad de información acerca de lo que pasaba en el mundo. El Papa y sus viajes a África, guerras como la del Golfo Pérsico, el terrorismo de Sendero Luminoso, mafias, delincuencia organizada, cárteles y redes de narcotráfico, hambre en Bangladesh, los leprosos y la Madre Teresa, alta costura europea, desastres naturales y descubrimientos científicos, eran las noticias que usualmente se transmitían en su programación. 

Considero particularmente interesante que, ante mis ojos, la caída del Muro de Berlín pareció teñirse de una victoria gris, pues, si bien se abordó en los medios noticiosos impresos y en los informativos de teletransmisión, poco se reflexionó en lo cotidiano sobre el momento histórico que estaba sucediendo. Tratar el tema, fuera de los ámbitos académicos —como debió ser— y de la esfera política —que algo tendría que haber sabido y comentado—, al menos en donde yo me desarrollaba a los seis años, es decir, dentro de la educación básica inicial, no se presentó como un ejercicio educativo o un intento de reflexión histórica y cultural. Podría decir, recurriendo al lugar común, que esto me produjo una sensación de “aquí no pasó nada”. 

El contexto en el que viví la caída del Muro fue peculiar. La televisión, el único medio “confiable, neutral y objetivo” del cual yo hubiera podido obtener información, entregó la noticia como un acontecer histórico que terminaba con una era sombría, y reiteraba ante el mundo a la ideología capitalista como la opción más viable.

El uso de los nombres de políticas soviéticas para productos comerciales —recuerdo Perestroika*, una línea de calzado juvenil de la marca Canadá que se hizo famosa por sus pautas impregnadas de nostalgias comunistas—, y de las imágenes de líderes del bloque comunista para campañas publicitarias hicieron que, en mi imaginario infantil de finales de los ochenta y principios de los noventa, la importancia histórica de la caída del muro de Berlín pasara prácticamente de largo, como algo que acabé percibiendo como obvio, necesario, esperado y, sobre todo, prescindible de ser objeto de reflexión y análisis sistemáticos. 

Respecto a lo anterior, digo que la televisión fue en mi caso el medio “más confiable” para enterarme de lo que acontecía en el mundo, pues en mi escuela primaria las maestras no se mostraron interesadas en poner en práctica la ética pedagógica y mucho menos comprometidas con el capital cultural que estuvieran delegando. Supongo que a otros niños con maestros más involucrados en la educación les fue mucho mejor ante la caída del Muro. Por eso fue la tele mi interlocutora en cuanto a temas políticos y aconteceres históricos, entre otros asuntos claro está, pues al ser una niña la tele me entretenía también con caricaturas y otras opciones como programas de concursos y telenovelas infantiles. 

Casi dos meses duró el período de festejos en torno a la caída, desde el 9 de noviembre de 1989 hasta el 22 de diciembre, cuando se abrió la puerta de Brandeburgo, uno de los símbolos por excelencia de la cruenta división de Berlín y sus habitantes. Casi un año después de la caída del Muro, el 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó.  

Yo esperaba encontrar en la tele algo que me explicara qué era la Guerra Fría, por qué se hablaba de una República Federal y de una República Democrática, cuando las dos eran Alemania, y por qué había una barrera dividiendo en dos a ese extraño país. Allá, entre el decadente comunismo y el aplomo capitalista, se decía que los ossies (berlineses orientales) eran los extraños, pero para mí todo eso era nuevo, toda esa oleada de información me hablaba de un mundo que no me imaginaba. 

De alguna manera, entendía de la guerra el sufrimiento que permeaba en tiempos bélicos, pero apenas empezaba a comprender que la guerra podía presentar secuelas mucho tiempo después de haber finalizado, al menos, en los campos de batalla. Ante lo que pude observar en las transmisiones de ECO, mi criterio no quedó construido o posicionado por completo, ya que las características de los “bandos” no me quedaron totalmente claras. Quizá se consideró que estaba de más hacer una recapitulación histórica a profundidad, probablemente el horario en el que yo veía ECO no era el horario en el cual daban las investigaciones especiales sobre las noticias del momento. Lo que sí me quedó claro es que algo malo había terminado. Así entendí, de niña, la caída del Muro de Berlín. 

A veintinueve años, los medios de comunicación actuales no se asemejan en nada a los de las últimas dos décadas del siglo pasado. Ahora, el internet, con las múltiples formas en las que se le ha sabido diversificar y aprovechar, nos proporciona toda la información desde tantos puntos de vista como pueda desearse tenerla. La historia, la cultura, la sociedad, la política, se abordan por igual en un espacio que permite que quienes tienen acceso a él puedan también acceder a todo lo que hay dentro de él. 

No pretendo sugerir que es mejor una apertura total e ilimitada de todo tipo de información, a tener sólo un puñado de fuentes informativas cooptadas por una cúpula de poder que trasciende nuestras imaginaciones. En realidad, no es mi intención sacralizar o satanizar una u otra forma de obtener y brindar información, ya que eso es más subjetivo de lo que he pretendido que sea este artículo. 

Sin embargo, la ocurrencia de un suceso histórico de la magnitud de la caída del muro de Berlín competiría hoy en día con un sinnúmero de sucesos de importancia local, nacional e internacional y de tantas categorías como ideas puedan tenerse. Así, la cantidad masiva de información ofertada en internet a tantas personas de edades tan variadas, al final, termina sectorizándose y convirtiéndose en un espacio exclusivista. La historia que se escribe hoy en los medios de comunicación masiva se comprende de una forma distinta a la que se leía en los libros a finales del siglo XX. 

Más que por otro suceso histórico, los ochenta y noventa se unieron por la caída del Muro, y es más que acertado decir que hay un antes y un después del Muro de Berlín. Las generaciones de los ochenta y noventa quedamos selladas con estructuras que en, un futuro, serán desmenuzadas, nombradas y apellidadas. 

Así como los medios de comunicación se diversificaron, ¿habrá ocurrido lo mismo con la necesidad de expresión? ¿Habrá surgido la necesidad de decir cosas nuevas y de decirlas de formas novedosas? 

Portada: Muro de Berlín en la puerta de Brandeburgo, el 16 de noviembre de 1989. © Yann Forget / Wikimedia Commons

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Verónica Leticia Mastachi Borroel es egresada de la Facultad de Sociología de la Universidad Veracruzana, región Xalapa. El texto original de este artículo corresponde a una ponencia dictada durante el evento Jornada de Reflexión: La Palabra y el Hombre, a veinte años de la caída del Muro de Berlín, en la mesa redonda “Los jóvenes ante los viejos y nuevos muros”, el día 23 de noviembre de 2009. Se actualizó para Trión.

Perestroika, política de gobierno soviética (del ruso: “reestructurando”). Programa instituido en la Unión Soviética por Mijaíl Gorbachov a mediados de los ochenta para reestructurar la economía y la política soviéticas. Buscando posicionar a la Unión Soviética a la par de países capitalistas como Alemania, Japón y los Estados Unidos, Gorbachov descentralizó el control económico e impulsó iniciativas para volverla autofinanciable. La burocracia económica, temerosa de perder su poder y privilegios, obstruyó gran parte de su programa. Gorbachov también propuso reducir la participación directa del liderazgo del Partido Comunista dentro del gobierno del país e incrementar la autoridad de los gobiernos locales. En 1988 se creó un nuevo parlamento, el Congreso de los Diputados del Pueblo del Soviet. Asimismo, se establecieron congresos similares en cada república soviética. Por primera vez, las elecciones para estos cuerpos presentaron votantes y opciones de candidatos, incluyendo no comunistas, a pesar de que el Partico Comunista continuó dominando el sistema. 

Perestroika. (2009). En Encyclopædia Britannica. Recuperado el 19 de noviembre, 2009, desde Encyclopædia Britannica Online: http://www.britannica.com/EBchecked/topic/451371/perestroika (traducción personal).


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