Aguascalientes, casa de la Catrina. Miércoles de Spots and Places

Escrito por el 31/10/2018

Tan icónico como el rostro de Frida, de Villa, de Zapata, es el rostro de la muerte mexicana. Oscura o colorida, lúgubre o sonriente, pobre o rica, la Calavera Catrina es, desde hace décadas, parte central de la cultura mexicana. Y hay una ciudad en México que la celebra como ninguna otra: Aguascalientes. 

La Calavera Garbancera de José Guadalupe Posada. Imagen: Public Domain vía Creative Commons.

Cuando Hernán Cortés asciende al Templo Mayor, le sorprenden, sobre todo, los despojos de la violencia. Las formas, el olor, los restos de muerte que impregnan el aire. Bernal Díaz del Castillo relata lo sucedido y habla de cráneos como elementos de decoración en el lugar. Venían de una cultura lejana que no comprendían que aquí los muertos también eran dioses. Que también los cráneos honraban a la vida. 

Qué habría de saber Cortés de Mictecacíhuatl, reina del Mictlán, dama de los Muertos y guardiana del inframundo, que a la postre habría de fundirse, como buena parte de todo lo antiguo, con los santos nuevos que llegarían después.  

José Guadalupe Posada, a principios del siglo XX, quizá sabía de Mictecacíhuatl y de la adoración a la muerte, pero no honra al Día de Muertos cuando usa su calavera a la que llama Garbancera, mofándose de los que cambiaron maíz por garbanzo al estilo europeo durante el Porfiriato.  Posadas hace de su calavera una sátira oscura de los mexicanos de clase alta que renuncian a su mexicanidad. “Los que hoy son empolvadas garbanceras pararán en deformes calaveras”, titula el artista a sus dibujos.

La Calavera Catrina de Mano de Diego Rivera en el mural Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central. Imagen: Public Domain vía Creative Commons.

La calavera garbancera de Posada deriva en Catrina cuando Diego Rivera se autorretrata tomado de su mano en su Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central, que decoraba desde 1947 el restaurante Versailles del Hotel del Prado. No era el primer pintor que emulaba los trazos de Posada. Orozco, que le idolatraba, la había plasmado ya en otros murales. Posada, sin quererlo, había hecho escuela y, quizá sin pensarlo, identidad. 

José Guadalupe Posada nació en Aguascalientes en 1852, y vivió en la ciudad hasta 1872, cuando inicia su trabajo litográfico en León. Habría de trabajar después en la Ciudad de México, en pleno auge del Porfirismo, como litografista en distintos medios, aunque no habría de conocer ni éxito ni fama en vida. Cuando fallece en 1913 lo hace en tal pobreza, que es llevado a la fosa común. Nadie sabe donde yacen sus restos. 

Posada, a la derecha, en su taller de Grabado en Aguascalientes. Imagen: Creative Commons.

Aguascalientes

La capital de uno de los estados más pequeños del país no tiene precisamente un culto a la muerte que date de siglos. La población indígena del estado no está precisamente consolidada como un conjunto, y si ha encontrado presencia es desde finales del siglo XX. Por ello, en Aguascalientes no hay celebraciones como las de Michoacán, Veracruz, Puebla u Oaxaca. Aquí los iconos son otros. 

En la Catrina de Posada, el Ayuntamiento de la ciudad descubre el pretexto perfecto para iniciar una fiesta de Día de Muertos que, de alguna manera, funja como resistencia en torno a festividades extranjeras, en particular el Halloween, que en los años noventa de apertura económica con el Tratado de Libre Comercio estaban en boga. 

Festival de las Calaveras. Imagen: Secretaría de Turismo de Aguascalientes.

De esta forma, Aguascalientes, con sus renovados recintos y su tradición de grandes eventos como la Feria de San Marcos, monta con relativa facilidad una fiesta que ahora se replica en gran parte del país. 

El Día de Muertos se festeja aquí con el Festival de las Calaveras, una celebración de una semana con presentaciones musicales, obras de teatro, eventos deportivos, exposiciones plásticas, y degustaciones culinarias que celebran la cultura local.

El festival culmina con el alegre desfile callejero de calaveras, en el que bailarines disfrazados y enormes esqueletos de papel maché marchan por las calles de la ciudad, mientras decenas de carrozas viajan sobre la calle Madero antes de llegar a la Plaza de Armas. 

Festival de las Calaveras. Imagen: Secretaría de Turismo de Aguascalientes.

La tradición de altares y ofrendas de comida para conmemorar a los muertos se hace a gran escala, y también se realiza una fiesta en la cercana isla de San Marcos, con artesanías y platillos tradicionales. 

El museo

Derivado de la fiesta de las Calaveras en Aguascalientes, desde 2007 existe un museo dedicado al culto mortuorio. El Museo Nacional de la Muerte es la casa de dos mil recuerdos macabros que la Universidad de Aguascalientes heredara de Octavio Bajonero Gil, incluyendo algunas de sus propias obras de arte. 

La misión del Museo ha cambiado con el tiempo y su colección se ha dirigido a representar el papel histórico de la iconografía de la muerte y las artes funerarias dentro de la cultura mexicana, tanto contemporánea como antigua.  

Las pinturas, esculturas, litografías e imágenes se utilizan en la señalética local para ilustrar puntos en el camino, dando coherencia a la relación de la cultura de México con la muerte, a través de imágenes en lugar de palabras. 

José Guadalupe Posada, ‘Calavera oaxaqueña’. Imagen: Public Domain vía Creative Commons.

Comenzando en la era prehispánica, las exposiciones siguen una línea de tiempo a través de los períodos de dominación y abusos contra las civilizaciones nativas por parte de los conquistadores españoles, hasta la reafirmación de la Independencia de México y el período contemporáneo, incluida la apropiación del azúcar por parte de la comunidad internacional. Los resultados son una experiencia única, de alguna manera perturbadora, pero sin duda inolvidable.


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