KARINA Y SU PODEROSA MÁQUINA DE VELOCIDAD

Escrito por el 29/10/2018

Conozco a Karina Meneses desde hace doce años. La he visto ser una niña con retraso mental que vive en un campamento de paracaidistas en total pobreza. También una sordomuda grosera y sarcástica que viaja como la suegra en una aventura desastrosa, y un ser fuera de lo común que se hace amigo de un niño en un inolvidable retrato de la infancia. Hasta una funcionaria pública corrupta que tiene un ajolote de mascota. Incluso pude disfrutarla como esa ginecóloga acelerada en una especie de boutique de carnes y, por si fuera poco, la viví como Rita Llavero. Gracias a mi amistad con Karina pude disfrutar las primeras y mejores obras que vi en Xalapa, la mayoría en montajes de la Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana – ORTEUV. 

HIKARI: Una Poderosa Máquina de Velocidad (en adelante, HIKARI) no es de la Compañía. Lo aclaro porque Karina no sólo se dedica a su participación como actriz y asistente en la ORTEUV. Kari es tan intensa que siempre está haciendo algo. Organiza encuentros, da cursos, es activista, y colabora en Área 51, un foro teatral independiente donde productores artísticos y culturales pueden presentar sus trabajos e impartir sus conocimientos. Esta mujer hace tantas cosas que, además, es socia de un bar de tradición entre los artistas xalapeños. 

Hikari: una poderosa máquina de velocidad, en el Foro Área 51 de Xalapa, Veracruz. Cortesía de la actriz.

Vi HIKARI por primera vez en Área 51 el fin de semana de su temporada inicial. Eran los últimos días de octubre de 2015 y el clima en Xalapa estaba como la gente cree que siempre es y, no, ya no es así todo el tiempo. Caía chipi-chipi y el ambiente era templado por la humedad. Desde que llegué, me di cuenta que el lugar había cambiado. Veía gente entrando y saliendo de un espacio por el que antes no era posible ingresar, y al centro estaba el Hikari blanco característico de Karina. En ese momento no sólo quería saber de qué iba el asunto: lo necesitaba en mi vida. Es que conocer a Kari de años significa saber que su auto la acompaña desde muy joven, y esto le suma al hecho de ser una persona inconfundible en Xalapa. Al entrar a la sala, tomé un lugar al frente pues quería la menor cantidad de estorbos visuales posibles. Soy preponderantemente visual y, encima, hago muchos comentarios y me río en momentos de silencio. Por eso disfruto de ir sola al teatro. 

Cortesía de la actriz.

La dramaturga responsable de HIKARI, Ana Lucía Ramírez Garcés, tiene un historial impecable. Recibió el Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón Banda en 2012, junto con Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (conocido como LEGOM), por la obra El Origen de las Especies, en la que Karina es Lerita, una pequeña con sus piecitos sucios y su carita ajada y torcida, que juega entre la basura con perros que no hay. En HIKARI, Karina no es ninguna niña, aunque su personaje añora su infancia de formas que hacen que uno, como espectador, pueda sentir la plasticidad de sus palabras en la propia memoria. Esta obra es el relato de alguien que vive a contracorriente y, en su soledad, profundiza sobre las emociones que surgen del descubrimiento de deslealtades y mentiras en torno a algo que no había podido corroborar con certeza. No está de más decir que Karina y Ana Lucía son grandes amigas. 

Cortesía de la actriz.

El diseño sonoro es de Esteban Ricárdez, ingeniero de audio y músico que ha colaborado antes con Karina y con quien también tiene una amistad de años. Ricárdez comprendió de forma excepcional la esencia de HIKARI: el ánimo rebelde de alguien que ha vivido callando y reprimiéndose durante la edad en la que nuestra alma sólo quiere gritar. El trabajo que el director Ricardo Rodríguez hizo para la obra es notable. Karina está en su elemento, y todo el esfuerzo físico que pone en marcha no mina la resistencia de su voz ni su capacidad dramática. Rodríguez tuvo la excelente idea de usar el Hikari de Karina como pieza central de la obra, pues Ana Lucía mencionaba en el texto que ése era el modelo del auto del personaje principal pero no era parte de los requerimientos para el montaje. 

Hikari: una poderosa máquina de velocidad, en la Sala Dagoberto Guillaumín del Teatro del Estado en Xalapa, Veracruz. Cortesía de la actriz.

Vi HIKARI por segunda vez hace unas semanas, a fines de agosto de este año, en la Sala Dagoberto Guillaumín del Teatro del Estado en Xalapa. La obra ha madurado y el público lo reconoce. En Área 51 estaba lleno, sin embargo, no éramos más de veinte asistentes. Ahora, la sala está casi a tope y tiene aforo para 250 personas. Escucho la voz de Karina a través de altavoces y no a dos o tres metros de distancia. La veo fluir en el escenario, haciendo suyo el texto, quizá más confiada que la primera vez y, sin duda, infatuada por el honor de encarnar una historia con un final inesperado y aleccionador. Verla en acción se traduce en risas y lágrimas y más risas. Su manera de relatar la aventura que emprende a bordo de su auto se vuelve tan íntima en un punto que, de pronto, parece que sólo está Karina con uno, el Hikari en medio, compartiendo una cerveza en la oscuridad mientras esperan que la sopa termine de cuajar. 

Hikari: una poderosa máquina de velocidad, en la Sala Dagoberto Guillaumín del Teatro del Estado en Xalapa, Veracruz. Cortesía de la actriz.


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